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Huertos inclusivos para una soberanía alimentaria real

Feb 13, 2026

Por Josue Reyes-Amaya y Fernando Zorrilla

 

Hablar de soberanía alimentaria es hablar de derechos: el derecho a decidir qué comemos, cómo lo producimos, quién participa y quién se beneficia. Sin embargo, ¿estamos diseñando entornos donde quepan todas las personas?

En México, más de ocho millones de personas presentan una discapacidad o una limitación importante para ver, caminar o realizar actividades cotidianas. Aun así, la mayoría de los proyectos comunitarios, educativos y productivos siguen pensándose desde un solo tipo de cuerpo, un solo ritmo y una sola forma de aprender. El resultado es que muchas personas quedan fuera de entornos que, en teoría, deberían ser para todas y todos.

Esto es especialmente problemático si entendemos que la soberanía alimentaria no se limita al acceso a alimentos, sino que implica participación activa, aprendizaje, autonomía y la posibilidad de tomar decisiones. Una de las actividades más comunes para promover estos principios en las comunidades son los huertos, ya que permiten aprender haciendo, decidir colectivamente y reconectar con el origen de los alimentos. Sin embargo, cuando una persona no puede participar plenamente en estas dinámicas, comprender lo que sucede o sentirse parte del trabajo colectivo, ese derecho queda incompleto. Así, el huerto, que debería ser un espacio de encuentro y cuidado, puede terminar reproduciendo exclusiones que ya existen en otros ámbitos.

Desde Padre Huerto, en colaboración con varias fundaciones como la Fundación Simi, y sus asociaciones aliadas comenzamos a trabajar huertos adaptados en los dentro de los SIMI REDI que son centros de atención dedicados a atender con personas con distintos tipos de discapacidad. No llegamos con un modelo cerrado ni con respuestas definitivas. Ha sido un proceso de aprendizaje constante, de observar, escuchar y ajustar. Lo que hemos visto con claridad es que, cuando el huerto se adapta a las personas y no al revés, la participación aparece de forma natural. El interés crece, el compromiso se sostiene y el vínculo con las plantas se vuelve profundo.

En estos espacios, el huerto deja de ser una actividad secundaria y se convierte en un lugar significativo. Sembrar, regar y cosechar permite bajar el ritmo, concentrarse en procesos claros y asumir responsabilidades reales. Ver crecer una planta genera orgullo, confianza y sentido de pertenencia. No se trata de ocupar el tiempo, sino de formar parte de algo vivo, compartido y valioso.

Esta experiencia nos ha dejado algo muy claro: el problema no es la discapacidad, sino la forma en la que se diseñan y desarrollan los espacios. Cuando el huerto se piensa desde la diversidad de cuerpos, ritmos y formas de aprender, deja de ser excluyente y se convierte en un espacio donde la soberanía alimentaria se vive en lo cotidiano, no se explica. La inclusión no es un gesto simbólico, es un proceso que se construye con atención y responsabilidad.

Mientras haya personas que no puedan sembrar, cuidar o decidir dentro de estos espacios, la soberanía alimentaria seguirá siendo parcial. El reto no es sólo producir alimentos, sino diseñar comunidades donde nadie quede fuera. Porque sin inclusión, la soberanía alimentaria se queda a medias.

¿Formas parte o conoces de cerca alguna institución que le interesara sumarse a este  proyecto?



 

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